Why don't you trust me?

Siempre me he encontrado con ignominia por parte de un montón de gente, pero afecta más cuando alguien muy cercano a ti continua con la repetición de los mismos moralismos, y apariencias vendidas por la sociedad, y creadas como paradigmas en el inconsciente colectivo.

Esa es la verdadera maldición de el artista, la total incomprensión, abandono en un aspecto abstracto, efímero, en un mundo que no existe sino en la mente y la fantasía creadora, que obviamente es inexistente para los demás independientemente de que sean personas cercanas.

Cuando yo era chaval no había Internet, tal vez existía, pero no estaba tan extendido como a día de hoy, cuando buscaba en la biblioteca alguna bibliografía muchas de ellas presentaban la correspondencia que mantenían algunos artistas con otros, o con sus seres queridos, etc. No es difícil tampoco encontrar algunas de éstas cartas en las exposiciones, ésta reflexión lleva su sentido implícito.

La inspiración va más allá del oficio, no es posible llamar al "furor poeticus" en cualquier momento y en cualquier lugar, sin un proceso.

Hoy me he despertado con un poema maldito que me mandó un amigo artista de hace años, y cuando lo leo, me leo a mi mismo, me miro en su espejo.

La sociedad sigue mirando el valor de las personas dependiendo de que familia vienen, si son de dinero, donde estudiaron, donde trabajan, cuanto ganan, si tienen coche y cual, y todas las motos vendidas a la sociedad, como dirían Noam Chomsky e Ignacio Ramonet.

Todos los artistas que conozco personalmente, exceptuando un par, hemos tenido que ganarnos la vida en áreas afines al arte, con mejores presupuestos que la cultura, y siempre hemos conseguido ganarnos la vida.

No recuerdo bien si mi padre o mi madre, pero alguien tenía el disco de Mildred Bailey, y la verdad ni lo entendí, ni me gustaba, no fue sino más tarde cuando escuché a Etta James y me puse a buscar al autor de Trust in Me, cuando me cayó la moneda.



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